Que no te la den con queso

El mercado de los libros dedicados mueve mucho dinero a nivel internacional, pero en España sigue teniendo un componente más emocional que comercial. Ambos campos, en cualquier caso, son terreno abonado para el engaño. Aquí pasamos revista a algunas grandes falsificaciones y a otras pequeñas formas de picaresca.

La vida de William Henry Ireland da para una novela. Hijo de anticuario y autor de género gótico, acabó convirtiéndose en falsificador cuando, a principios del siglo XIX, habiéndose dado cuenta de que no existían textos escritos del puño y letra de William Shakespeare, compró un ejemplar antiguo del dramaturgo y, ni corto ni perezoso, se inventó una dedicatoria a la reina Elizabeth. Aquella fue la primera de una larga lista de embustes siempre relacionados con el inglés, entre los que abundaron las dedicatorias, los manuscritos (Hamlet y El rey Lear) e incluso algunas obras supuestamente inéditas (Vortigern and Rowena o Henry II). Pero el que al cielo escupe a la cara le cae: Ireland fue descubierto y, durante un tiempo, soportó toda suerte de insultos. Sin embargo, sus falsificaciones habían adquirido tal fama entre los bibliófilos de la época que continuaron pidiéndoselas y, como ya no le quedaba ninguna, Ireland empezó a falsificar sus propias falsificaciones, convirtiéndose en el metafalsificador más importante de la Historia y siendo su trabajo todavía hoy codicia de coleccionistas. Las falsificaciones han sido una constante en las artes plásticas, pero no en las literarias. El beneficio que un estafador podía obtener reproduciendo la rúbrica de un escritor, falseando una dedicatoria o transformando un texto en manuscrito, había sido tradicionalmente tan menguado que casi no merecía el esfuerzo. A este inconveniente había que sumarle la dificultad para encontrar un comprador interesado en ese fetiche en particular, algo harto complicado habida cuenta de que no hay demasiados coleccionistas de ejemplares firmados. Sin embargo, la irrupción de Internet en el mercado de la compra-venta de libros de segunda mano ha revertido la situación. La aparición de portales como Iberlibro y Uniliber, así como otros menos fiables (por desconocerse la procedencia del objeto comprado), como eBay o Todocolección, ha sacado a la palestra un nuevo tipo de estafador. En enero de 2009, Forrest R.Smith fue condenado por un tribunal estadounidense a una pena de 33 meses y a una multa de 120.000 dólares por falsificar y vender por eBay más de cuatrocientos libros supuestamente autografiados por Truman Capote,

W.H. Ireland

Norman Mailer, Tom Wolfe, Philip Roth, Tom Clancy, Michael Crichton, John Grisham, etc. Smith compraba, por poner un caso real, un ejemplar de Entrevista con el vampiro de Anne Rice por el módico precio 46 dólares y, tras reproducir la signatura de la norteamericana, lo vendía por 550. Ahí es nada. De igual modo, en mayo de ese mismo año la Asociación de Libreros de Viejo Estadounidense (ABAA) denunció la detección de autógrafos falsos de gran calidad –casi todos procedentes de Europa, y en especial de Italia– de autores tan ansiados por los coleccionistas como Hemingway, F. Scott Fitzgerald, J.D. Salinger, William Faulkner y otros.

Libros “manchados”

El mercado español no cuenta con una gran tradición falsificadora. En realidad, ni siquiera hay demasiados coleccionistas de dedicatorias literarias, siendo los mercados anglosajón, francés y alemán los más abundantes en esta categoría bibliófila, como demuestra el hecho de que existan librerías exclusivamente dedicadas al autógrafo en ciudades como París, Londres o Boston, o el que casi todas las librerías europeas de cierta categoría dispongan de una sección donde sólo se venden ejemplares nuevos previamente firmados por el autor. “El coleccionismo español empezó hace veinte o treinta años –comenta el bibliófilo Luis Antonio de Villena–. Hasta entonces, los lectores relacionaban el libro de viejo con el libro de ocasión, y no lo veían como un objeto culturalmente valioso. Sin embargo, cada vez nos parecemos más a los mercados habituados a la búsqueda de libros dedicados o firmados”. La consolidación de esta práctica bibliófila debe mucho a las casas de subastas, que fueron las primeras en reparar en que algunas personas mostraban interés por los libros “manchados” por sus autores. “En nuestra sala de subastas todas las piezas se exponen los días previos a la misma, con lo que conseguimos que una persona inicialmente interesada en un cuadro conozca también el mercado de los libros únicos”, aclara Cristina Boza, responsable de libros de la casa de subastas Durán. La costumbre de firmar y dedicar libros apareció a mediados del siglo XIX, acostumbrándose en los primeros tiempos a rubricar con un simple “El autor” y siendo Benito Pérez Galdós uno de los primeros en hacerlo con cierta asiduidad. Así pues, las falsificaciones que hoy en día pueden encontrarse arrancan en esa época y se multiplican a medida que avanzamos en el tiempo, abundando en los casos de la Generación del 27 y procediendo en su mayoría de lugares como México, Uruguay y, sobre todo, Argentina, país en el que se vendieron cientos de bibliotecas privadas durante la época del corralito y en el que se pusieron en circulación falsificaciones de no poca calidad. Haciendo un ranking de las firmas más reproducidas por los estafadores, se podría empezar por Rafael Alberti –cuya costumbre de hacer dibujos junto a la dedicatoria lo ha convertido en uno de los más deseados por los coleccionistas–, Federico García Lorca –cuya muerte prematura le impidió rubricar demasiados libros– y Luis Cernuda –al no haber alcanzado la fama en vida, no existen muchos libros autografiados–. “En general, los más buscados son los poetas del 27, y los poetas en general, porque las tiradas de la poesía son más cortas que las de las novelas”, dice Fernando Contreras, propietario de la librería homónima y presidente del Gremio Madrileño de Libreros de Viejo, que hace un par de años publicó el libro Dedicatorias. Un siglo de libros dedicados. Si ampliamos la lista con las firmas más buscadas, habría que añadir a Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Miguel Hernández, los hermanos Machado, César González Ruano, el primer Álvaro Cunqueiro, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Josep Carner y, el único vivo, Gabriel García Márquez. De igual modo, existen otros autores que, aun siendo muy ansiados por los bibliófilos, firmaron tanto en vida que no resulta especialmente complicado hacerse con un ejemplar, como es el caso de Jorge Luis Borges –él mismo bromeaba asegurando que sus libros no autografiados acabarían siendo más caros que sus contrarios–, Alfonso Camín –autor poco conocido que, no obstante, firmó muchísimo– y Joan Salvat-Papasseit. También se pagan buenas cantidades por aquellos autores vivos que, no siendo muy amigos de dedicar o rubricar sus libros, carecen de ejemplares en el mercado, como Juan Goytisolo. En el bando contrario están los escritores que, aun teniendo muchos lectores, no se han ganado el respeto de la crítica, “como Paulo Coelho o un Jorge Bucay”, dice un librero de quien no daremos el nombre. Aun así, el mercado español paga poco por un autor de prestigio. Según Josep M. Farré, propietario de la Llibreria Farré (Barcelona), “una primera edición firmada de Josep Carner puede alcanzar en España los 18.000 euros, mientras que un autor similar en otro país alcanzaría fácilmente los 300.000”. Y, como los coleccionistas son reacios a abrir más en monedero, los libreros no contratan autentificadores para asegurar la autoría de las firmas. “Se puede contratar a un experto grafólogo por unos 500 euros, pero eso sólo te sale a cuenta con autores muy cotizados, que, la verdad, son pocos –explica Xavier Lloveras, propietario de la librería especializada en primeras ediciones Llibres del Mirall (Barcelona)–. Por ejemplo, yo comprobé la autenticidad de cinco García Márquez comprados a un librero argentino. Tres resultaron falsos”. Por su parte, el crítico y experto en Vanguardias Juan Manuel Bonet rechazó un Federico García Lorca hallado en un “sebo” brasileño por considerar que la firma era demasiado “aplicada” para ser auténtica, y el librero Alastair Carmichael, responsable de la librería de venta por catálogo Carmichael Alonso Libros, descubrió en la Feria de Madrid un folleto de Alberti, con dibujo del poeta incluido, cuyas grapas habían sido envejecidas de un modo artificial.

La valoración de la Red

El hecho de que estén empezando a aparecer dedicatorias falsificadas indica que el mercado está creciendo, algo que también se percibe en las colas que suelen formarse ante las paradas donde los escritores rubrican sus libros durante la Feria de Madrid o el Sant Jordi barcelonés. “Pero la gente no hace eso por entender que la firma es algo relevante, sino porque le hace ilusión tener un ejemplar dedicado por un autor concreto que le gusta mucho”, aclara Joan Pascual, presidente de AMELIFIL (Associació del Mercat de Sant Antoni). De esta opinión, así como de algunas otras, se deduce que el coleccionismo español no proviene de una bibliofilia pura, sino de los gustos personales de cada lector. Por tanto, alguien que adquiera un ejemplar firmado por Camilo José Cela no tiene por qué aspirar a uno de Miguel Delibes. Esta idea queda ratificada por uno de los libreros que más ha hecho por cambiar la escena bibliófila de este país: Abelardo Linares, propietario de la librería Renacimiento (Sevilla): “Hace años, las grandes bibliotecas privadas estaban en manos de abogados, médicos y políticos, pero últimamente se han incorporado gentes de otras profesiones que han hecho que los libros se dispersen mucho más. Esto es bueno por un lado y malo por otro. Claro que, pensándolo bien, tal vez no importe tanto, dado que en este país continúa valorándose más la firma de Belén Esteban que la de Muñoz Molina”. Algo que también ha cambiado mucho el panorama es, como ya se ha dicho, la aparición de portales digitales dedicados a la venta online. Páginas como Iberlibro (sección hispanoamericana de Abebook) y Uniliber (especializada en librerías españolas) han logrado que salga a la luz el conjunto de ejemplares rubricados por tal o cual autor, independientemente del país donde se ubique su poseedor. “Internet ha hecho que todo sea más transparente –comenta Manuel Domínguez, propietario de la Librería Gulliver (Madrid)–. Antes, cuando encontrabas un Baroja de la década de los 1930, te emocionabas y pagabas lo que fuera. Ahora, tras haberlo encontrado, haces una consulta en la red y, si descubres que hay sesenta ejemplares más repartidos por otros países, exiges que te lo vendan más barato”. De igual modo, hace algunos años cualquier coleccionista hubiera soltado alegremente la mosca por un libro dedicado por Gabriela Mistral, pero la irrupción de Internet ha demostrado que, aun cuando en España no abundan dichos ejemplares, los hay en gran cantidad en los países donde la autora vivió, principalmente Chile y Estados Unidos. Esta revolución del sector ha hecho que los precios de las firmas más habituales caigan en picado y que los de aquellas realmente raras suban como la espuma. “Los portales han convertido el mercado en agua cristalina –sentencia Javier Varas, responsable de la casa de subastas especializada en documentos literarios El Remate–. Pero, ¡cuidado!, es necesario un cierto conocimiento del libro para no sufrir decepciones”. Y es que Internet no convierte a nadie en experto. Como ejemplo, este botón: el periodista y bibliófilo Víctor Fernández compró hace algún tiempo la Guia fonamentada i popular del monastir de Poblet de Josep Pla. Antes de enviársela, el librero le advirtió de que el ejemplar estaba “manchado” con la letra de un señor mayor, probablemente el anterior propietario. Cuando unos días después Fernández recibió el ejemplar, comprobó que aquellos garabatos pertenecían precisamente a Pla.

Un libro dos veces dedicado

El mundo de los coleccionistas está plagado de anécdotas y uno de los periodistas que mejor las conoce es Jesús Marchamalo, quien hace algún tiempo publicó un libro en la editorial Renacimiento a cambio de que su responsable, Abelardo Linares, le diera una primera edición del Cántico de Jorge Guillén. Algo similar ocurre con Andrés Trapiello, que ha prometido a Linares escribirle un libro a cambio de una primera edición de los Campos de Castilla de Antonio Machado. Pero también existen libros que, aun no estando a la venta, harían que muchos pagaran lo que hiciera falta por conseguirlos. Como ese ejemplar que Javier Marías compró en Boston hace algún tiempo. Se trataba de un poemario de Pablo Neruda dedicado por el autor a Guillermo Cabrera Infante. Marías lo compró con la intención de devolvérselo al cubano, quien, tras alegrarse por haber recuperado un libro que, según dijo, le habían robado, rechazó el obsequio alegando que sin duda habría costado un buen dinero. Pese a la insistencia de Marías, no aceptó el presente y en cierto momento Cabrera Infante le dio la vuelta a la tortilla cogiendo el ejemplar y añadiendo una segunda dedicatoria, en este caso suya, a Marías. Pero el coleccionismo de firmas también genera embustes por parte de los autores contemporáneos. Si en El cazador de autógrafos la escritora británica Zadie Smith ya fantaseaba sobre un chico que vivía de traficar y falsificar dedicatorias, y si Patrick Modiano confesaba en su autobiografía novelada Un pedigrí que él mismo había falsificado firmas de otros escritores para satisfacer las necesidades económicas de su madre, en nuestro país también hay autores que se dedican a falsificar firmas de colegas. Algunos lo hacen como diversión, siendo famosas las imitaciones de autógrafos que hacen Rafael Reig y Juan Bonilla, pero otros, de los que no daremos aquí el nombre, lo hacen como negocio. Así, algunos libreros han confesado a Qué Leer que ciertos escritores les compran primeras ediciones o libros firmados a cambio de que ellos mismos dediquen sus propios libros a escritores que nunca recibirán dichas palabras. “Eso son mentiras, pero no falsificaciones –aclara Luis Antonio de Villena–. Un librero puede decirle a un autor que le firme varios libros para venderlos. Entonces el autor se inventa el nombre objeto de la dedicatoria o se lo dedica a otro escritor famoso. Ese libro no es una falsificación porque la firma es auténtica, pero no así el objeto de la misma”. Pero lo más divertido de todo, lo que indica la prepotencia de muchos autores, es lo que todos los periodistas sabemos y que Víctor Fernández cuenta abiertamente: “Hay un fenómeno curioso: el del escritor de poca monta que, después de una entrevista, te pregunta: ‘¿No quieres que te lo firme?’”. La respuesta ya la imaginan.

Fuente: Alvaro Colomer para Que leer

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