Prostíbulo poético

Poetas que simulan ser prostitutas de la década de 1920 recitan versos a cambio de dinero en Barcelona.- Su último escenario: la cubierta de un barco de vela holandés de 1914.

Sugerentes corpiños, tacones de aguja a la luz de la luna, un enmascarado, murmullos mezclados con suave música brasileña sobre la cubierta de un barco de vela holandés de 1914. Un ambiente burlesco que invita a la confusión, al igual que su propio nombre:

“Vendemos sexo intelectual”, proclama Madame Eva, el alma máter de esta iniciativa. Sexo intelectual en forma de poemas recitados en vivo por sus autores, ataviados con disfraces que evocan los cabarets de la década de 1920. Hombres y mujeres que simulan prostituirse vendiendo sus versos de manera individual o para pequeños grupos. Una original idea made in Nueva York, de donde viene Kiely Sweatt, la persona tras el personaje de jefa del burdel. Junto con dos compañeros de un máster de escritura creativa, esta estadounidense que aún no alcanza los 30 años ideó una actuación que mezclara poesía y teatro. Y provocara.

Su propuesta (Poetry Brothel, en inglés) tuvo éxito y Kiely, que se trasladó a Barcelona hace dos años buscando un cambio de aires, decidió exportarla. Contactó de distintas formas con un grupo de poetas -desde un anuncio en la web a la pura casualidad- y los reclutó para su carta. Los clientes pueden, literalmente, consultar una especie de menú con los nombres de los artistas, sus fotografías y una breve presentación.

Lugares y fechas itinerantes

Las actuaciones no entienden de fechas ni lugares -la única manera de enterarse es a través de la web y se celebran aproximadamente cada dos meses, de manera itinerante. “Buscamos diversos ambientes, siempre singulares, adaptándonos a qué queremos transmitir”, comenta Mistress Basia, polaca de 30 y pocos años y otra de las organizadoras, aparte de escritora, tatuadora, actriz y directora de cine porno alternativo. Esos “diversos ambientes” se recrean en escenarios que van de la parte trasera de un restaurante a una galería de arte o, el último, un barco de principios de siglo XX.

Lugares diferentes donde la gente encuentra una distinta forma de acercarse a la poesía. “Cuando alguien te interpreta un poema, te llega mucho más”, considera Neus Cañabate, una estudiante de secundaria que acude por primera vez, encantada, al Prostíbulo Poético. Otros espectadores son más exigentes: “Nos gusta el poema leído según quien lo lea, si no, preferimos hacerlo nosotras, pero es vanidad profesional”, admiten dos actrices que han acudido juntas a la actuación, Miriam Punti y Elisabeth Hernández.

Quien ha vivido la lectura desde ambos lados, lector y público, no sabe con cuál quedarse. Es el caso de Sílvia Bel (Barcelona, 1982), que se describe como “periodista, poeta, publicista y profesora”. Ella ha sido la última artista invitada al Prostíbulo Poético, el siguiente será Juan Abreu). Bel se presentó con un bolso cargado de pergaminos con sus versos: “Ha sido fantástico, pese al ligero mareo por el barco, pero era un mareo que apetecía, por la poesía y por el cliente”.

Paga, escucha, siente

Al igual que los personajes que los poetas interpretan, tanto el ambiente como el funcionamiento de Prostíbulo Poético forman parte del envoltorio sugerente de este evento literario. El público tiene que comprar fichas (a un euro y medio, aunque hay descuentos) y entregar una por cada poesía que escucha. “Es un poco extraño, pero divertido, y la sensación de que te lean el poema en plan privado mola mucho”, comenta un grupo de estudiantes que se había enterado de la iniciativa a través de internet.

El punto de partida lo pone Madame Eva. Ella presenta a los artistas, que regalan una poesía al público para vender su género. Suenan versos en varios idiomas (castellano, catalán, inglés, francés, chino…) y de mil temas, también eróticos: “Doblaste la apuesta / acepté / y fue duro. Cantaste triple o nada / decidí seguirte el juego / y en la siguiente ronda / perdí la ropa entera […]”

Ninguno define sus poesías, aunque sí se declaran poetas que tienen que “vivir de otra cosa”. Un joyero, una trabajadora de una organización internacional, un realizador de televisión, una profesora de inglés… Aunque en el Prostíbulo Poético no entra cualquiera: “Tienen que tener un nivel de calidad, revisamos su currículo y las razones por las que les interesa trabajar aquí”, detalla Sweatt.

Muchas historias, un estilo literario: libre, contemporáneo, para todos los públicos. Este último es también el objetivo de Prostíbulo Poético: llegar a gente de todo tipo. “Las lecturas tradicionales son un poco elitistas, muy reducidas al ámbito literario”, opinan sus protagonistas. Por eso huyen de lo tradicional por el camino de la atracción a lo prohibido, aunque solo en el envoltorio. El fondo no es más que poesía, que aspira a abarcar todo: la libertad, los viajes, el amor, la pasión, el odio, la risa… La vida.

Fuente: El Pais

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