La realidad de las ferias de libros

En estos días -es la costumbre- se están celebrando Ferias del Libro por doquier. A lo peor es que yo soy rara, pero se me antoja que este asunto de la Feria del Libro encarna de algún modo el espíritu del Antilibro, a modo de Anticristo que viniera a extirpar de cuajo y con malas artes la fe de los lectores en ese extraño artefacto -en su sentido más puramente etimológico- que lleva acompañándonos desde que el mundo es mundo. Intuyo que con asertos semejantes resulto más rara aún de lo que podía sospecharse en un comienzo, pero es que pocas cosas me parecen tan contrarias al acto de leer -pues qué es un libro sin un lector que lea, salvo la nada más absoluta- como el montaje de carpas y tenderetes y chiringuitos y mesas destartaladas con autores cariacontecidos al borde del aburrimiento total o del suicidio -en la mayor parte de los casos, pues muchos son los llamados al éxito y pocos los elegidos para la firma.
Las Ferias del Libro constituyen una de las deformaciones, unos de los tentáculos, de esos extraños e insanos inventos del maligno que se han dado en llamar ‘campañas de fomento de la lectura’. Las campañas de fomento de la lectura son como la letra pequeña de los contratos, por no decir contratos leoninos en sí mismos: lo que se nos vende es aparentemente bueno, pero lo que acabamos firmando es malo, muy malo; lo que ocurre es que no nos enteramos hasta que el asunto ya no tiene remedio. Las campañas de fomento de la lectura responden a intereses de naturaleza manifiestamente económica, a presiones de ciertas editoriales que quieren vender más (esto es, ganar más dinero amparándose en excusas altruistas) y a algo que resulta lo más aberrante de todo, por encima de cualquier otra razón que pueda esgrimirse o imaginarse: el buenismo político por el que la impoluta imagen que proporciona la Cultura como materia ajena a los instintos menos nobles del ser humano se ve usada y mancillada por intereses escuetamente espúreos. Y para muestra, un botón: estas ladinas campañas de fomento de la lectura, paradójicamente, coexisten con el fomento simultáneo de cadenas de televisión de contenidos intelectualmente pornográficos y con un recorte progresivo y escandaloso de las asignaturtas de Humanidades (Lengua y Literatura, Latín, Griego.) en los planes de estudios de los alumnos españoles. Toma ya. Si alguien lo entiende que me lo explique. Aunque en realidad sí lo entendemos, porque en términos crematísticos, se acaba por comprender todo. Pero de eso ya habló Tucídides -por cierto, en algún libro- hace ya unos cuantos siglos. Después de Tucídides otros muchos dijeron que todo era mentira. A esos epígonos los vienen encerrando en frenopáticos.
No sé ustedes, pero yo estoy harta del vídeo ese que circula por internet del tipo de la camiseta verde. Sí, ese que canta las virtudes del libro; no de leer, sino de libro. Me ha llegado como unas diez o doce veces, sin exagerar. El tipo de la camiseta verde nos dice que el libro es un objeto guay, que es de uso sencillo, que no necesita pilas y no sé cuántas cosas más. El tipo de la camiseta verde es también guay y sencillo y, por supuesto, lleva gafas (creo que también pilas, porque la cuerda nunca se le acaba: el vídeo dura lo suyo). La conclusión es que el libro es estupendo. Es de esos vídeos que los ves una vez y dices: qué bien está; a la décima te das cuenta de que el tipo de la camiseta verde te está tomando el pelo. Quizá el tipo ese ni lee, pero eso no podemos saberlo. El tipo es joven, con seguridad pertenece a la generación LOGSE, así que de libros mucho no ha de saber. Son cosas que es mejor no plantearse o te enfadas. Te enfadas con un tío que lleva una camiseta verde, así, por las buenas, y hasta le coges manía al libro ese que no tiene título, al libro guay que no necesita pilas.
Así que este año tampoco tenemos Latín ni Griego ni Literatura ni Lengua (ni Cine ni Teatro ni Arte ni Música) en las aulas; no hay auténtica dedicación a la Cultura en los estadios primeros y primarios de la educación, ahí donde el Hombre (y a veces la Mujer, como se requiere decir ahora) se modela para siempre. Pero eso sí, una vez más, ha tocado la celebración salchichera -pues salchichera es, y hortera si no fuese artera- de la cosa del Libro. Los libros, como las salchichas, se celebran y venden en carpas. Yo siempre pensé que las carpas eran bichos que moraban en los ríos hasta que topé con la Cultura. Con los años he visto que la Cultura está llena de carpas, aunque en pocas ocasiones las carpas están llenas de Cultura. Pero no voy a meterme también en ese vericueto, a ver si de alguna sale el tipo de la camiseta verde y me da para el pelo.
De modo que el Libro en realidad nos importa un figo: lo que nos importa, básicamente, es que cuatro libreros puedan sacudirse de encima fondos viejos o muy viejos, que se vendan unos cuantos ejemplares más de best-sellers que iban a venderse en todo caso con o sin chiringuitos, que se le cobre un alquiler al que se hace con el correspondiente chiringuito por unos días y, sobre todo, que parezca que por una semana el libro nos pone en órbita, que ya hay otras cincuenta y una para olvidarse de él. Las Ferias del Libro sirven para eso y poco más. No me extraña que a algunos ‘se les olvide’ participar en ellas (la verdad es que la excusa ha sido. ‘de libro’). Quitando las tres o cuatro ferias en el mundo que de verdad están bien organizadas y suponen un acontecimiento cultural cierto y todos sabemos cuáles son, lo demás son burdos simulacros, excusas de bienpensantes y fórmulas que no hacen sino pervertir el viejo adagio: lo que en realidad se ofrece es ‘old wine’ envasado en ‘old bottle’. La fórmula está más que gastada. Y eso cuando no se programa una serie de actividades paralelas que harían sonrojar a un mismísimo piel roja. En conclusión: el libro está en crisis, la lectura está en crisis, las ferias del libro están en crisis e incluso la Cultura está en crisis; al menos en España, donde sólo prosperan las carpas. Así que a ver qué hacemos. ¿Qué tal irnos de pesca?
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