Una libreria que solo vende un titulo

Un escritor abre una tienda en la que se vende sólo su libro.

Andrew Kessler escribe un relato de no ficción sobre una operación de la NASA a Marte y monta una tienda en Nueva York para venderlo | El autor, vecino de Brooklyn, plantea el debate de cómo lograr más interés por la literatura.

Esta es una historia extraterrestre. “Alquilé mi apartamento y les dije a mis amigos y a mi familia, sin un ápice de ironía, que me iba a Marte”. De esta manera lo explica Andrew Kessler en su relato Martian Summer (verano marciano). Además de redactar más de 300 páginas de un contenido de no ficción, Kessler tuvo una idea. Que se resume de esta manera: escribe un libro y se monta una librería.

Ed’s Martian Book, en la calle Hudson, en el West Village neoyorquino, es un establecimiento singular, heredero de una antigua peluquería de la que aún queda un rastro en el reverso del toldo. Cuando se reinauguró hace un par de semanas, en su interior había 3.000 volúmenes. ¿Qué títulos se pueden encontrar en sus estanterías? ¿Acaso los últimos superventas?

Pues no. El único libro presente en esta sala corresponde al fundador del negocio. Sólo está Martian Summer, de Andrew Kessler, de 32 años, vecino de Brooklyn, que se ha servido de su profesión de publicista en beneficio de su creación literaria. La primera, una narración que cuenta con el subtítulo Los brazos del robot, vaqueros astronautas y mis 90 días con la misión Phoenix a Marte. Durante tres meses, en el 2008, Kessler gozó de la oportunidad de seguir en el centro de control de Tucson (Arizona) la experiencia de exploración sobre el planeta rojo que realizó la NASA. “Tuve la suerte de vivir, jornada a jornada, con un grupo de los más geniales científicos del mundo y esa convivencia es lo que explico”, comenta orgulloso, sobre todo porque no suele ser habitual tanta transparencia en la agencia federal.

“Parto de que resulta muy difícil que la gente se interese por los libros. Hemos de intentar cambiar esta situación”. Su inspiración comercial la encontró en otros terrenos. “¿Por qué no una librería con un libro? En las iglesias o en las mezquitas sólo tienen uno. En el Lower East Side (parte baja del este de Manhattan) hay un restaurante que sólo sirve albóndigas y conozco otro que sólo vende productos elaborados con arroz”.

En estos tiempos convulsos para el mundo editorial, aún despistado por el impacto del libro electrónico –el imperio de Borders está en bancarrota–, este autor quiere provocar una reflexión.

“Si no eres una celebridad o te envuelves en el escándalo, a nadie le interesa hablar de libros y ésta es mi manera para intentar que la gente piense en ellos”, sostiene. No importa que el formato sea electrónico o el papel, el problema se centra en que cada vez se leemenos, dice. “Se leen muchas cosas en internet, pero cada vez se reduce más la venta de ejemplares”.

La reflexión tiene un punto de especial influencia personal. “Cada autor quiere que su libro esté en el escaparate. Si eres un escritor que empieza, nunca nadie te dará el escaparate, salvo que seas muy famoso. Así que hice mi librería”. Agradece la ayuda de tantos amigos para poner en marcha esta iniciativa “que hace del libro una instalación artística”.

Tiene fecha de caducidad –mediados de mayo, si no agota antes las existencias–, pero Kessler disfruta mientras tanto de su experiencia. Una de las cosas que le cautiva es la conducta de los transeúntes. Por esto ha instalado una pizarra en el exterior, donde el mensaje cambia, según la tendencia manifestada por los curiosos.

El sábado estaba escrita la siguiente leyenda: “Tenemos un solo libro pero no somos de la Cienciología”. El domingo había otro texto. “El número de libros que necesitamos vender para pagar el arrendamiento, 2.583”.

Reconoce que puso esa cifra a ciegas. Afirma que esta tarde ha vendido “al menos cincuenta”, a 27,95 dólares la unidad. “Al principio sólo entendían este negocio como parte de una secta. Ahora, lo que más les preocupa es cómo hago frente al pago del local”. La acústica del recinto le permite escuchar lo que comentan los paseantes al ver su montaje. “En general se quedan muy impresionados. Se proyectan ellos mismos sobre este espacio. Unos demuestran felicidad, disfrutan porque consideran que es una idea maravillosa. Otros, en cambio, se sienten enfadados, no entienden de dónde sale el dinero, se ponen muy agresivos. Creo que para estos es un desafío que no aceptan. Sostienen que es una locura, una estupidez”.

Asegura que algunos preguntan desde la puerta, como si les diera miedo entrar, “¿realmente sólo hay un libro?”. Otros: “No se puede vender un solo libro” o “¿por qué te has instalado aquí?”.

Al apostarse afuera se certifica todo eso. Dos parejas de amigos se detienen. “Sorprendente”, “interesante”, “si el libro es bueno…”, “tal vez después de este vendan otro y otro”, son algunos de los comentarios que dejan ir, entre sonrisas.

Los cuatro se van. Se detiene un hombre de mediana edad. “¿Qué me parece? Absurdo, nunca se llegará a Marte o, al menos, nunca lo veré”. Cosas extraterrestres.

Fuente: La Vanguardia

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