El libro electronico tambien tiene sus pegas

Quien se haya comprado un lector electrónico en España ha visto mermada su capacidad para elegir títulos. Antes, cuando “sólo” disponía de la librería o la biblioteca, podía leer el último de Pérez-Reverte o cualquiera de Marcel Proust en ediciones más que aceptables, contando con la aprobación de todos los agentes integrantes de la cadena editorial.
Ahora, después de gastarse doscientos euros en un dispositivo que, entre otras ventajas (comodidad de transporte, almacenamiento masivo en un espacio reducido), debería permitirle ahorrar un buen pellizco en cada título adquirido, no encuentra la obra más reciente de su autor preferido, salvo que éste sea Manuel Vicent (que ha tenido la fortuna de verse digitalizado desde el inicio en una especie de caso de prueba), Lorenzo Silva (que ha trabajado personalmente para lograrlo) y pocos más. Hoy no puede leer el último de Murakami en formato digital. Si se trata de obras libres, se encuentra con traducciones ilegibles y ediciones descuidadas plagadas de erratas.

No sirve de nada acudir a Amazon, salvo que el interesado pueda leer en inglés o en otros idiomas distintos del materno. El lector digital en español está atrapado en medio de una escasez auspiciada por la negación de las editoriales o, en el mejor de los casos, por sus dudas en cuanto al modelo a seguir. De momento, la iniciativa de crear Libranda demuestra que las grandes casas de este país saben que la digitalización es imparable. Y sin embargo no acaba de funcionar. Algo no marcha cuando una de las librerías de referencia de Madrid pide entrar en este nuevo circuito y los de Libranda le dicen que espere, no se sabe hasta cuándo. Se supone que la plataforma ya está en funcionamiento, técnicamente las dificultades se han resuelto. ¿Qué está pasando, entonces?

Esto va a cambiar, tarde o temprano, de una u otra forma. De momento lo que le queda al lector digital en español es conformarse en la modalidad pagada con los pocos títulos disponibles y acudir a la descarga gratuita no oficial de aquellos otros títulos que algún desprendido ha escaneado y puesto a disposición pública. Seguramente muchos de esos lectores digitales prefieren pagar un precio razonable por esos ebooks en una plataforma seria, como lo es Amazon en inglés o como lo sería una librería española conocedora del negocio, que andar con el parche y el sable de página en página por mucho que esto no sea ilegal.

Ya no es sólo por la conveniencia de expandir la cultura lo máximo posible, de hacerla accesible a todo el mundo con un coste bajo. Es que además la venta de ebooks baratos puede ser un negocio descomunal en cuanto los compradores perciban que tienen todas las facilidades para gastarse dos o tres euros en un título apetecible. Es popular ya el caso de Amanda Hocking, de quien se dice que vende más de cien mil ejemplares al mes de sus novelas juveniles a precios nunca superiores a 2.99$ y siempre en formato ebook. En Estados Unidos se han vendido varios millones de lectores electrónicos, con lo que el mercado empieza a estar garantizado. En España no debe de haber todavía masa crítica suficiente, pero el ejemplo de ultramar es demasiado tentador a poco que se conozca.

Fuente: Madridpress
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