70 años de literatura española

Abecedario de los últimos 70 años de la literatura en España. Ese es el periodo que cubre el nuevo volumen del proyecto Historia de la literatura española. Derrota y restitución de la modernidad: 1939-2010.

Figuras poco o nada presentes en sistemas literarios vecinos como el francés, en España se han convertido hoy en imprescindibles, más desde la concentración e industrialización del sector, donde ahora ejercen funciones de editores al estilo anglosajón ante los originales de sus representados. Su génesis está en 1959, cuando Carmen Balcells, tras cinco años en la agencia Acer, del también escritor rumano Vintila Horia, creó su empresa en Barcelona. Luis Goytisolo fue el primer autor español al que representó. Estipular límites a los contratos que firmaban los autores, rescatar derechos cautivos y mejorar su tratamiento fiscal fueron sus grandes aportaciones al ecosistema libresco. Ella es también la causa de la instalación de autores del Boom latinoamericano (Vargas Llosa, García Márquez…) en Barcelona. Tras su estela han surgido nombres tan notables como los de Antonia Kerrigan, Mercedes Casanovas, Raquel de la Concha, Silvia Bastos, Mónica Martín, Anna Soler-Pont

…, sin las cuales tampoco podría entenderse la mayor exportación de autores españoles y la plasmación en los medios audiovisuales de sus obras. En 2006 se creó la asociación de agentes literarios (ADAL), con una treintena de afiliados.

BENET, JUAN

Su obra puso patas arriba la literatura española de su época. Vino a decir que no importaba tanto la anécdota ni el compromiso de transformar el mundo, tampoco la habilidad o el ingenio para armar una trama o la verosimilitud de los personajes. Todo eso podía servir, claro, pero el desafío era otro. Así que construyó un estilo, hecho de una sobria elegancia, y desplegó un territorio, el de Región, para dejar que su voz penetrara en los secretos de los paisajes, en las entrañas de los hombres y mujeres que pueblan sus libros y, en muchos casos, en la Guerra Civil. No hizo ninguna concesión: “Si el escritor para escribir tiene que matar al público, que lo mate”, dijo alguna vez. Recogió las técnicas más sofisticadas de algunos de los mejores de fuera (Conrad, Faulkner, Joyce) y eso le sirvió para alejar a la literatura española de su provincianismo. José Andrés Rojo

BOOM

Fue una gran luz en las sombras del franquismo, que habría de irradiar e insuflar más vida a la literatura. A finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, América Latina ofrecía una gran vitalidad literaria y editorial, y algunos de los libros que no se editaban en España se hacían en Argentina o México, y luego llegaban al país. A su vez, jóvenes autores latinoamericanos exploraban nuevas formas literarias y daban un salto estético que habría de cambiar a los escritores y a los lectores. Varios de estos autores habían emigrado a Europa por diferentes motivos (trabajos, huyendo de sus propias dictaduras, estudios, etcétera). Introdujeron nuevos aires, redescubrieron las posibilidades del idioma e influyeron en la narrativa más contemporánea. Entre ellos, títulos como Los premios y Rayuela, del argentino Julio Cortázar. La ciudad y los perros, del peruano Mario Vargas Llosa, premio Biblioteca Breve en 1962, al que siguieron La casa verde y Conversación en La Catedral. Entremedias apareció Tres tristes tigres, del cubano Guillermo Cabrera Infante; El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez; La región más transparente o La muerte de Artemio Cruz, del mexicano Carlos Fuentes. Una literatura que rompió moldes y enseñó a perder el miedo a la innovación. Winston Manrique Sabogal

CENSURA

La censura fue el instrumento más coactivo de vigilancia ideológica sobre la libertad de creación. Las bibliotecas fueron depuradas, en algunos casos, mediante la salvaje quema de libros para impedir la “exposición de ideas disolventes, conceptos inmorales, propaganda de ideas marxistas, y todo lo que signifique falta de respeto a la dignidad de nuestro glorioso Ejército, atentado a la unidad de la patria, menosprecio de la religión católica y de todo cuanto se oponga al significado y fines de nuestra gran cruzada nacional”, según una orden del 16 de septiembre 1937 del bando sublevado. Un decreto dictado en Burgos en 1938 restringe de manera provisional la libertad de prensa, los libros pornográficos y la literatura “socialista, comunista, libertaria y, en general, disolvente”. Esta provisionalidad duró hasta 1966, cuando se promulgó la Ley de Prensa de Fraga Iribarne. Y fue peor: ya no se requería depósito previo, pero se podían secuestrar tiradas enteras de libros. Los censores no fueron únicamente funcionarios. Escritores como Camilo José Cela, Leopoldo Panero, Darío Fernández Flórez estaban en la nómina. Curiosamente, Panero fue uno de los censores de La colmena, de Cela. Rosa Mora

CERVANTES, PREMIO

Es la mejor conexión con el buen momento literario que suspendió la Guerra Civil en 1936. La más alta distinción a los mejores escritores en lengua española. Otorgado desde 1976 por el Ministerio de Cultura, pero a propuesta de las Academias de la Lengua de los países de habla hispana, se ha convertido en el mejor y más decisivo sistema desde la democracia para promover y difundir el conocimiento de autores hispanohablantes de primer nivel, introduciendo además a los elegidos y sus obras en el circuito de un cierto conocimiento (por la exposición a los medios de comunicación) y consumo popular que, sin este premio, suelen estar en ámbitos más minoritarios. Desde Jorge Guillén (1976) a Ana María Matute (2010), pasando por narradores como Gonzalo Torrente Ballester, Francisco Ayala, Miguel Delibes o José Jiménez Lozano; y un buen número de poetas como Gerardo Diego, Rafael Alberti, José Hierro, Luis Rosales y Antonio Gamoneda. El galardón, que podría bautizarse como el Nobel de las letras castellanas, ha jugado con sutileza a la geoestrategia entre el mundo hispano, concediendo casi tantos galardones a autores españoles (19) como al resto de escritores de los otros países (17), entre los que figuran Alejo Carpentier (1977), Jorge Luis Borges (1979), Mario Vargas Llosa (1994), Álvaro Mutis (2005), Juan Gelman (2007) y José Emilio Pacheco (2009). Carles Geli

DIOSAS BLANCAS

El hecho de que haya solo dos escritoras españolas (María Zambrano y Ana María Matute) en el palmarés del Premio Cervantes da una idea de cómo están las cosas. O de cómo han estado. Igual que hay muchas mujeres en el mundo laboral pero pocas en la dirección de las empresas, hay muchas autoras en las librerías pero menos en la historia de la literatura. Fruto del progreso, su número crece a medida que nos acercamos al presente. Ahí está, en pie de igualdad, la obra de las dos citadas y la de Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, María Victoria Atencia, Julia Uceda, Clara Janés, Esther Tusquets, Ana María Moix, Olvido García Valdés, Blanca Andreu, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Rosa Montero, Almudena Grandes, Elvira Lindo o Belén Gopegui. En 1985, Ramón Buenaventura publicó en Hiperión una antología de poesía escrita por mujeres que fue un pequeño hito. Se titulaba, con ecos de Robert Graves, Las diosas blancas. Javier Rodríguez Marcosi

EXILIO

1939, la guerra ha terminado. Y al exilio salieron muchos de los mejores. Antonio Machado y Manuel Azaña, ese hombre de letras que presidió la República, murieron enseguida. Otros sobrevivieron y fueron encontrando acomodo en distintos lugares: Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Max Aub, Francisco Ayala, José Gaos y tantos y tantos más. A la dictadura franquista no le gustaban ni el espíritu crítico ni la independencia, y la originalidad le producía urticaria: así que combatió todo eso. A los que estuvieron fuera les tocó conservar esa manera de ver el mundo que combatieron la Iglesia y los militares: abierta, sin ataduras, curiosa, emprendedora. Los exiliados fueron perdiendo el hilo con su país, porque el régimen les volvió la espalda, así que se hicieron suyos los países adonde llegaron y dejaron allí lo mejor de sí mismos. España rescató a algunos al llegar la democracia; a otros, los perdió definitivamente. J. A. Rojo

FALANGE

La escritura de Falange fue literariamente pobre y no surgió ningún gran escritor, aunque sí trayectorias intelectuales y algunos libros estimables. Autores como Giménez Caballero (Genio de España) o Sánchez Mazas (La nueva vida de Pedrito Andía) ya eran fascistas antes de la guerra. Los adscritos al falangismo, como Laín Entralgo, Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Rafael García Serrano o Álvaro Cunqueiro, entre otros, pudieron tener actividad pública en aquel sombrío periodo. Pero pronto vieron la pobreza de un sistema que dejó de ser estimulante incluso para ellos mismos. Agustín de Foxá se hizo popular con Madrid, de corte a checa y Ernesto Giménez Caballero no recuperó después de la guerra la brillantez ni la imaginación que lo habían convertido en el ideólogo perfecto. La Falange juvenil, retadora y chulesca, de culto al héroe, encontró a su mejor portavoz en Rafael García Serrano (Eugenio o la proclamación de la primavera o La fiel infantería).

R. Mora

GENERACIONES

A nadie le convence la teoría de las generaciones pero todo el mundo la usa. “Para entendernos”. Consagradísima la del 27, la otra gran generación clásica del siglo XX es la del 50, la de los niños de la guerra -de Marsé a Gil de Biedma, para entendernos-. El problema no es qué fechas usar como límite generacional sino qué nombres poner en juego sin ser injustos. Contra el riesgo de que la moda descubra una generación cada otoño-invierno y de que la desmemoria piense que solo cuentan los jóvenes, basta recordar que a la altura de, pongamos, 1987, Rafael Alberti (nacido en 1902) convivía con Cela, Matute, Carlos Bousoño, José Hierro, Eduardo Mendoza, Luis García Montero o Luisa Castro (nacida en 1966).

J. Rodríguez Marcos

GUERRA CIVIL

El primer rastro literario de la contienda es duro: Agustín de Foxá y su Madrid, de corte a checa, y Rafael García Serrano, con La fiel infantería, son las tristemente mejores (desde lo estético) reacciones de primera hora de los vencedores, obras cargadas de descripciones ofensivas contra la República, panfletos justificativos del alzamiento, desafiantes, violentas, de ideales mesiánicos. Un paso adelante será el que representarán Miguel Delibes (Cinco horas con Mario, 1966) y Camilo José Cela (San Camilo, 1936, 1969), primera recapitulación de la victoria y donde los propios vencedores empiezan a purgar las culpas de su actitud. Un paso más: El tragaluz (1967), de Antonio Buero Vallejo, o Volverás a Región (1967), de Juan Benet, o Si te dicen que caí (1973), de Juan Marsé, muestran una posguerra que es aún estar en guerra. Habrá que esperar hasta Javier Marías (Tu rostro mañana, 2002-2007) y a Javier Cercas (Soldados de Salamina, 2004) para hallar una narrativa que no sea novela de propaganda de defensa del vencido: ya se sabe que ganaron los que perdieron, ahora se medita desde la voluntad del nieto: comprender por qué hizo lo que hizo quien en realidad no ganó. Lo había prefigurado ya, desde 1986, Antonio Muñoz Molina con su Beatus Ille y lo ha mantenido hasta hoy, con La noche de los tiempos (2009): la sublevación moral contra el abuso de la historia de la Guerra Civil como contaron los vencedores. Por ahí, por el rescate del olvido que hacen los nietos, va también Almudena Grandes en esta especie de Episodios Nacionales en seis entregas sobre la guerra que ha empezado con Inés y la alegría (2010).C. Geli

HETERODOXOS

La literatura española está llena de tipos que se apartaron de las normas. Ramón Gómez de la Serna se inventó las greguerías y estuvo lleno de rarezas. La heterodoxia viene desde el Siglo de Oro, donde muchos se apartaron de lo establecido para conquistar su verdad. Bien visto, los mayores heterodoxos del siglo XX fueron los autores de la generación del 50: fueron libres, brillantes, talentosos y consiguieron disfrutar de los placeres de la vida en la España gris de la dictadura, que consagró el miedo como norma y la mediocridad como modelo. El cuento, pues, es largo: ahí están los experimentos de Aliocha Coll o Julián Ríos, o Enrique Vila-Matas, que se apartó con sus prosas de lo previsible, o los poetas Carlos Edmundo de Ory, Eduardo Scala y Eduardo Cirlot, inclasificables siempre, o Pedro Casariego Córdoba, que exploró las formas más diversas para decir, por ejemplo, que la vida puede ser una lata. J. A. Rojo

INTÉRPRETES

Al teatro le ha tocado siempre llevarse los conflictos del presente a un escenario para propiciar una respuesta del público: la crítica al mundo, la identificación con los personajes y sus problemas, la emoción lírica, la risa que hace añicos la realidad, el escapismo. Antonio Buero Vallejo se ocupó de los grises avatares de la dictadura y Alfonso Sastre quiso desenmascarar críticamente al régimen. Otros, como Miguel Mihura o Enrique Jardiel Poncela, procuraron sortear la tristeza de una época mediante el humor. Fernando Arrabal irrumpió para trastocar las reglas de juego y forzar los límites, y Francisco Nieva inventó figuras extremas y distorsionadas para reflejar una época concreta. Miguel Romero Esteo o Luis Riaza ensayaron la mezcla de vanguardia y compromiso. Y luego vinieron José Luis Alonso de Santos, José Sánchez Sinisterra o Fermín Cabal para dar cuenta de una España que cambiaba. Hasta hoy, donde las propuestas se abren en múltiples direcciones. J. A. Rojo

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Murió en el exilio en 1958, dos años después de obtener el Premio Nobel. Fue el único maestro de la poesía española moderna que vivió la posguerra (Unamuno murió en 1936 y Antonio Machado, en 1939). Del modernismo a la metafísica pasando por el simbolismo, la poesía pura, JRJ fue, él solo, toda una literatura. Influyó en la generación más influyente -la del 27- y su sombra atraviesa todo el siglo XX. La poesía social prefirió mirarse en el espejo de Machado durante el franquismo, pero hoy el autor de La estación total vuelve a ser una referencia y su poema ‘Espacio’, una composición que muchos sitúan a la altura de La tierra baldía, de T. S. Eliot. J. Rodríguez Marcos

KAFKA

¿Qué hace Kafka en un glosario de literatura española? Certificar que las letras universales también forman parte de un panorama cultural y editorial que en un 30% se nutre de las traducciones. En el último medio siglo, además, se han revisado las viejas versiones de los clásicos (de Shakespeare a Thomas Mann) y se ha normalizado la traducción directa de lenguas como el ruso o el chino, tradicionalmente puenteadas por la vía del francés o el inglés. A todo ello habría que añadir la labor como traductores de novelistas y poetas como José María Valverde, Carmen Martín Gaite, Ángel Crespo, Antonio Colinas, Clara Janés, Javier Marías o Justo Navarro. J. Rodríguez Marcos

LITERATURA

En un poema contra Franco, León Felipe daba por sentado que los exiliados se habían llevado la canción. En parte fue así. Y nada se diga de las literaturas en lengua no castellana, que no tuvieron cauce normalizado hasta el fin de la longa noite de pedra (Ferreiro). En el erial franquista comenzaron a emerger algunos islotes existenciales, en versión espasmódica (Dámaso Alonso) o apagada (Laforet). El agonismo de los cuarenta, que hablaba directamente con Dios o con la Nada, bajó un día de las nubes a la calle. Se inauguraba así el socialrealismo, que a menudo supeditó el arte a su función testimonial. Pero no siempre: en ese tiempo de silencio Martín Santos mostró la inconsecuencia de subvertir el orden con el lenguaje del orden. La literatura del tardofranquismo se sacude el costumbrismo y su dependencia excesiva de la tradición española. Muerto Franco y abolida la censura, no salieron en tropel del armario obras geniales de autores amordazados, como se había supuesto. Viejos o jóvenes, los escritores hubieron de relacionarse con un lector ya no por fuerza cómplice. Al apuntar el tercer milenio, con el lector había cambiado también el entorno de la escritura, y solo parecía quedar en pie aquella pregunta de Sartre: ¿qué es la literatura? Ángel L. Prieto de Paula

MERCADO

La actividad editorial no se detuvo durante la guerra ni en la posguerra. En 1939 llegó a Barcelona con las tropas nacionales un capitán de la Legión, José Manuel Lara, que fundaría con el tiempo el imperio Planeta. En 1944 regresó del exilio el gran editor José Janés y ese mismo año, la editorial Destino, fundada por catalanes de Burgos, creó el Premio Nadal. La editorial se convirtió en la más importante de la posguerra y su premio fue fundamental para dar a conocer autores: Delibes, Sánchez Ferlosio, Matute, Martín Gaite… Bruguera fue refundada y los quioscos se llenaron de colecciones del Oeste (Marcial Lafuente Estefanía o Silver Kane). En los años cincuenta y sesenta surgió un estimulante mercado negro del libro impulsado por las editoriales españolas de América Latina (Losada o Sudamericana). José Ortega Spottorno, el hijo del filósofo José Ortega, se puso al frente de la editorial Revista de Occidente en 1940 y fundó años más tarde Alianza Editorial. En ella Javier Pradera y Jaime Salinas, que había sido el factótum de Seix Barral, lanzaron la colección El Libro de Bolsillo, que tuvo un éxito arrollador y que se mantiene. Como Austral, de Espasa Calpe, que llegó a vender un millón de ejemplares de la edición en bolsillo del Quijote. Taurus, que habría de ser una de las editoriales más importantes de pensamiento, fue creada en 1955. Ese año, Víctor Seix y Carlos Barral crearon Seix Barral. Una década después llegaron Lumen, Alfaguara (la de las tapas azules) y un poco después Anagrama y Tusquets, todas ellas imprescindibles para la modernización de la España literaria. Los años ochenta fueron los de la concentración. El paradigma es el Grupo Planeta, que hoy es propietario, entre otras editoriales, de Seix Barral, Destino, Crítica, Espasa, Ariel, Minotauro, Temas de Hoy, Backlist, el grupo francés Editis, las cadenas de librerías Casa del Libro y Bertrand, y un largo etcétera. Random House Mondadori agrupa, entre otros sellos, Mondadori, Lumen Grijalbo y Plaza & Janés. El Grupo Santillana posee Alfaguara, Taurus, Aguilar, Suma, Ediciones Generales, Educación y los brasileños Editora Moderna, Editora Objetiva, Editora Fontaner y Uno Educaçao, entre otros. Una de las últimas grandes operaciones es el acuerdo entre Planeta y Enciclopèdia Catalana para quedarse con la veterana Edicions 62. La primera década del siglo XXI está marcada por el contraste entre grandes grupos, editoriales pequeñas-medianas (Pre-Textos, Renacimiento, Quaderns Crema/Acantilado, Páginas de Espuma o DVD) y el florecimiento de pequeñas y combativas editoriales (Minúscula, Periférica, Menoscuarto o Libros del Asteroide, Barril y Barral o Funambulista). España es un país de premios, de premios a obras inéditas y con una calculada estrategia comercial, inaugurada con el Premio Nadal y el Planeta, luego. Ha habido premios fundamentales, como el Biblioteca Breve (Seix Barral) en su primera etapa; y otros más como el Herralde de Novela o el Alfaguara, ahora en su segunda etapa. El Anagrama de Ensayo canalizó el nuevo pensamiento español. En el apartado de memorias y biografías destaca el Premio Comillas, de la editorial Tusquets. En poesía están el Adonais, durante toda la posguerra, y más recientemente el Hiperión y el Loewe. Entre los premios institucionales están los nacionales, los de la Crítica. El debate actual gira en torno al libro electrónico y las futuras formas de lectura. R. Mora

NOBEL

Contraste lacerante entre el momento de amargura en que Juan Ramón Jiménez recibió el Nobel, en 1956, y el jaleado (en España) galardón a Camilo José Cela, en 1989. El poeta de La estación total, En el otro costado o Dios deseante y deseado estaba en el exilio y poco se celebró en España. Su mujer, Zenobia Camprubí, estaba gravemente enferma y murió cuatro días después de que le fuera comunicado el premio. Juan Ramón no le iba a sobrevivir mucho más de un año. Cela, al que muchos aún le recordaban como censor y cuya literatura producía ya un cierto cansancio, lo recibió en olor de multitud. El Nobel le pareció poco y en 1994 ganó el suculento Premio Planeta con La cruz de San Andrés, escrita con ciertas prisas y que fue acusada de plagio. También lo recibió en este periodo el poeta Vicente Aleixandre (1977), que se sumaría a los ya otorgados a José de Echegaray (1904) y Jacinto Benavente (1922). R. Mora

NOVÍSIMOS

Nueve novísimos poetas españoles (1970), de Josep Maria Castellet, nació, como alguna otra antología suya, con cierto aire de provocación. Hecha con el concurso de Pere Gimferrer, incluyó a poetas y memorialistas como Antonio Martínez Sarrión y José María Álvarez; a escritores como Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Ana María Moix, que progresivamente dejaron la poesía; a poetas como Guillermo Carnero y Leopoldo María Panero, y a autores de varios registros, como Manuel Vázquez Montalbán y el propio Gimferrer. El libro es estupendo y da tristeza que algunos autores no continúen escribiendo poesía. Como era de prever, hubo polémica: ¿por qué no estaban José-Miguel Ullán, Clara Janés o Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, por ejemplo? La crítica más articulada llegó del grupo Claraboya (Luis Mateo Díez, Agustín Delgado o José María Merino). De todos modos la generación del setenta -que tuvo su versión narrativa en los primeros libros de José María Guelbenzu, Julián Ríos, Germán Sánchez Espeso, Mariano Antolín Rato- no fue toda tan experimental, ahí están nombres como Eloy Sánchez Rosillo, Miguel D’Ors o Juan Luis Panero. R. Mora

Ñ DE ESPAÑOL

Ha sido la reconquista dentro del universo literario.

Un idioma de mil años cuya presencia e importancia han crecido paralelas a su número de hablantes y a la calidad de su producción literaria. Si en los años sesenta los autores latinoamericanos pusieron en el mapa internacional la literatura en castellano del siglo XX, desde los ochenta esa presencia se ha reafirmado con los nombres surgidos a partir de la llegada de la democracia española a mediados de los setenta. Tras el paréntesis de la dictadura franquista, España empezó a recuperar el gran espíritu y momento creativo que vivió antes de la Guerra Civil, al pasar de las sombras del franquismo a la restitución de la modernidad. La diversidad y pluralidad de la creación literaria en el extranjero, tanto en América Latina como en traducciones, es un reclamo en aumento con nombres como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas o Arturo Pérez-Reverte. Dentro del valor literario, también está el comercial y popular que lo ha llevado a entrar en el mercado de los superventas internacionales con escritores como Carlos Ruiz Zafón. W. Manrique Sabogal

OBSERVATORIO

Descifrar el mundo, hacerle las preguntas correctas, expresar de manera adecuada sus derroteros. La distancia de otros tiempos, ese observatorio distante e impoluto, ya casi queda como una referencia inalcanzable: el pensador de nuestro tiempo ha tenido que afanarse con sus ideas en medio de las contradicciones y batirse con las sombras. Algunos han explorado en la tradición filosófica (Emilio Lledó), otros se han mezclado con el arte o la literatura (Rafael Argullol, Félix de Azúa), han sufrido la tentación de la política (Xavier Rubert de Ventós), de las letras o la filología (Claudio Guillén, Francisco Rico) o incluso han pensado a partir de los Beatles (José Luis Pardo). Hay quienes han sido más sistemáticos, como Eugenio Trías, que ha centrado su filosofía en la idea de límite, y quienes han disparado a distintas dianas, como Miguel Morey o José María Ridao. Caminos muy distintos para una riqueza inagotable. J. A. Rojo

POESÍA

P de poesía y también de péndulo. Pintada con brocha gorda, la lírica de la posguerra -“un arma cargada de futuro”- vio cómo, junto al clasicismo oficialista, triunfaba el compromiso social. Sus representantes no siempre estuvieron a la altura de Blas de Otero y Gabriel Celaya y la generación del 50 -Ángel González, José A. Goytisolo- elevó el listón y trufó la ética de estética para dar dignidad al tono conversacional. Alrededor de 1968, los novísimos cambiaron conversación por experimentación hasta que la poesía figurativa de los ochenta -Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes- volvió a poner los pies en la tierra de lo cotidiano. Los poetas de hoy no quieren matar al padre sino comer en la mesa del hermano mayor. Con todo, el péndulo, de vez en cuando, se da un paseo por el ya centenario repertorio de las vanguardias. La actualidad siempre ha sido ecléctica. J. Rodríguez Marcos

POSGUERRA

La posguerra duró 20 años, con dos etapas diferenciadas. La primera se vivió bajo la asfixiante coacción del fascismo nacional católico, una idea dogmática de la hispanidad y un férreo control ideológico, del que ni siquiera pudieron escapar algunos de los vencedores. El objetivo básico fue erradicar las ideas de la Institución Libre de Enseñanza, el laicismo y restituir el pensamiento de Menéndez Pelayo. La universidad fue descabezada. Como diría tardíamente Pedro Laín Entralgo, se produjo un “atroz desmoche”. El proceso de modernización se inició en los años cincuenta. Referentes como Unamuno, Ortega, Baroja, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado se sentían próximos. Carmen Laforet ganó el primer Premio Nadal en 1944 con Nada, y en 1948 Miguel Delibes con La sombra del ciprés es alargada. Escritores como Matute, Sánchez Ferlosio, Fernández Santos, Martín Gaite o Valente hablan con un lenguaje nuevo. Josep Maria Castellet publica Notas sobre la literatura española contemporánea en 1955. La larga posguerra tiene muy buenos relatores. Prácticamente toda la obra de Juan Marsé narra la Barcelona derrotada. Si te dicen que caí, Un día volveré, Ronda del Guinardó, El embrujo de Shanghai, Rabos de lagartija y la reciente Caligrafía de los sueños son algunos de sus títulos sobre esos tiempos oscuros. Antonio Rabinad, que mereció un mayor reconocimiento, nos legó dos buenas historias de Barcelona de la posguerra: Los contactos furtivos y Memento mori. Juan Eduardo Zúñiga centra su espléndida trilogía sobre los desastres de la guerra (Largo noviembre en Madrid, La tierra será un paraíso y Capital de la gloria) en el Madrid republicano de la Guerra Civil, pero también trata la posguerra, tema que aborda en El coral y las aguas, una novela simbólica, de episodios casi independientes. Luis Mateo Díez cuenta la vida en una ciudad de provincias en los años cincuenta en La fuente de la edad.

R. Mora

QUIJOTE

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha no solo es la obra más importante del español y uno de los libros esenciales de la literatura universal, sino una de las obras con la que permanentemente dialogan los escritores. Acaso por ser una de las cunas de la novela moderna y contener muchas de las claves de la narrativa actual. En estos setenta años su categoría de clásico se ha desempolvado y acercado más a la gente. La reivindicación de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra y su influencia en la segunda mitad del siglo XX es notoria y los escritores reconocen que pertenecen, como dijera Carlos Fuentes, a ese territorio de La Mancha. W. Manrique Sabogal

REVISTAS

De la extensa pero a veces efímera hemeroteca literaria, Escorial (1940-1947/ 1949-1950) merece el primer recuerdo, por su esfuerzo en recuperar el espíritu de Revista de Occidente o de Cruz y Raya de antes de la guerra: cierto liberalismo intelectual de alto vuelo. Ella y Destino (1937-1980), con un longevo tono más informativo, disimularon el erial de posguerra. Por contra, seis números bastaron a Revista Española (1953-1955) para afrontar las nuevas realidades de los cincuenta, por eso fue la primera que sintieron como propia la generación de Ignacio Aldecoa, Fernández Santos y Sánchez Ferlosio. Para sus colegas poetas la cabecera decisiva sería durante décadas Ínsula. Labor notable también entonces la de Papeles de Son Armadans (1956-1979) que dirigió Cela, primer gran puente entre la vanguardia del interior y el exilio. Por su parte, el vínculo entre las letras españolas y latinoamericanas sería Cuadernos Hispanoamericanos. Ya en el tardofranquismo, Camp de l’Arpa (1972-1981), editada por José Batllo (creador de El Bardo) y con Vázquez Montalbán de director, abrió desde Cataluña mensualmente una ventana que permitió el canon del momento. También desde la periferia (Asturias) llegaría la posmodernidad del crisol temático en los 59 números de Los Cuadernos del Norte (1981-1990) que dirigió Juan Cueto. Quimera, Revista de Libros, Clarín, Turia y Letras Libres toman, de algún modo, el relevo hoy. Creada ya en 1980, Quimera es la primera revista literaria para jóvenes de la democracia, de una cultura democrática que ya no es antifranquista. La segunda, de matriz mexicana, abrió redacción en España en 1999 y, ya centenaria en números, es un ensayo de revista cultural de formato claramente combativo en lo político e intelectual. Con vocación más popular surgió a finales de los noventa la revista Qué Leer.

C. Geli

SANCHÉZ FERLOSIO, RAFAEL

Empezó por una novela de la que luego renegó, El Jarama, pero que lo colocó entre los maestros de la palabra. Después se entretuvo con las andanzas de Alfanhuí, y atrapó el aire de los mitos y las viejas narraciones. Más adelante fue abducido por otros intereses que acaso resumen bien el narrador de El testamento de Yarfoz: “Dio primero en volver a sus veleidades de gramático y pseudo-filósofo y después en meterse a periodista”. Se enfrascó en cosas del lenguaje y empezó a transitar por los asuntos relacionados con la actualidad: la guerra, las razones de Estado, los medios de comunicación, el deporte, la moda… Todo lo tocó con una escritura compleja y rigurosa, atenta a cada argumento, y con la fiereza de un pensamiento radical, que va al fondo: a mover las aguas turbias sobre las que se sostiene la pulcra apariencia de la realidad. J. A. Rojo

SAVATER, FERNANDO

Tener los sentidos enchufados al ruido del mundo y la artillería de las palabras dispuesta para intervenir han sido dos de las marcas con que Fernando Savater ha estado al lado de los lectores desde que publicó su primer libro. Filósofo, por servirse de ideas y conceptos para desentrañar los hechos y los embrollos de las gentes en su lucha con la muerte; ciudadano ilustrado, por servirse de argumentos para intervenir en los asuntos de la polis; novelista, por el gusto de contar, y hombre de teatro (amén de otras cosas), por el afán de que sus palabras toquen al público desde un escenario, Savater ha hecho de la alegría un emblema y de la inteligencia, su arma más eficaz para agitar las conciencias, y se ha servido del entusiasmo para contagiar su pasión por sus lecturas y sus maestros, una de sus mayores y más gratificantes habilidades. J. A. Rojo

TRANSICIÓN

Empieza a restituirse la modernidad. El 23 de abril de 1975, pocos meses antes de la muerte de Franco (el 20 de noviembre), se publicó La verdad sobre el caso Savolta, primera novela de Eduardo Mendoza. Parecía el pistoletazo de salida de una nueva narrativa española. Pero, en lo literario, la transición había empezado antes. Con el precedente de Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, tres novelas muy significativas se publicaron en la segunda mitad de los años sesenta: Señas de identidad (1966), de Juan Goytisolo; Últimas tardes con Teresa (1966), de Juan Marsé, y Volverás a Región (1967), de Juan Benet. En la Transición los lectores españoles empezaron a leer cada vez con mayor interés a autores españoles. Se recuperó el paréntesis de la guerra, había nacido la Nueva narrativa española. Javier Marías, Álvaro Pombo, Soledad Puértolas, Antonio Muñoz Molina, Julio Llamazares, Luis Mateo Díez, Juan José Millás, José María Merino, Jesús Ferrero, Alejandro Gándara, Ignacio Martínez de Pisón, Almudena Grandes, Rafael Chirbes, Luis Landero y un largo etcétera conquistaron al público. Paulatinamente fue disminuyendo el gusto por los textos políticos, que tanto habían interesado en los años setenta. Jorge Herralde, fundador de Anagrama en 1969, fue el primero en advertirlo y dio un giro importante a su editorial. R. Mora

URGENCIA

De Azorín a Ortega, las letras españolas no serían las mismas sin los periódicos. Por un lado, porque hay periodistas como Manuel Chaves Nogales, Josep Pla o Julio Camba que merecen su propio capítulo en los manuales. Por otro, por los cientos de páginas que han publicado en la prensa autores como Miguel Delibes, Francisco Umbral, Juan Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Montero o Juan José Millás.J. Rodríguez Marcos

VANGUARDIA

La literatura española ha contado en cada decenio con nombres que abrieron brecha, una especie de vanguardias, nunca numerosas ni pronunciadas. Entre los años cuarenta y cincuenta el neorrealismo que permitirá una interpretación de la guerra y sus crudas consecuencias desde una cierta ética e independencia vendrá facilitado por Rafael Sánchez Ferlosio y su reconocida (premio Nadal 1956) El Jarama. El otro gran nombre será Carmen Martín Gaite, quien, por ejemplo en Entre visillos (1957), mira las cenizas de la guerra muy distinto. La punta de lanza, ya en los sesenta, de la reinstauración de la modernidad literaria europea en España será para Luis Martín-Santos. En Tiempo de silencio hay retazos de Kafka, Proust, Faulkner…, pero sobre todo del Joyce triturador de Ulises. Junto a él, Juan Benet aunará complejidad, sutileza y estilo que cederá generoso a la nueva novela española. Esta será ya absolutamente homologable con la tercera oleada, cercanos los ochenta. Tres conquistadores: Álvaro Pombo, Javier Marías y Javier Cercas.C. Geli

WHISKY

A medida que pasa el tiempo, el whisky, el tinto y la ginebra van quedando recluidos en el anecdotario de la generación de los años cincuenta. Niños durante la guerra y, a la altura del medio siglo, bebedores y vividores -“partidarios de la felicidad”-, los miembros de esa galaxia policéntrica forman el gran grupo clásico de la posguerra española, los maestros de hoy. Como narradores (los Aldecoa, García Hortelano, Juan Benet, Luis Martín-Santos, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé, Ana María Matute, Juan Goytisolo); como poetas (Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Francisco Brines, María Victoria Atencia, Antonio Gamoneda) o como dramaturgos (Alfonso Sastre, Lauro Olmo). O como narradores y ensayistas (Ferlosio) o poetas y narradores (José Manuel Caballero Bonald). La distancia, además, permite comprobar que la amistad que unió a muchos de ellos no impidió que cada uno explotara su singularidad: del socialrealismo al hermetismo y de la ironía a la metafísica. J. Rodríguez Marcos

X, GENERACIÓN

La eterna incógnita. El triunfo de la sociedad de consumo abrió paso con la democracia a la primera generación que estaba en primaria cuando murió Franco. Ya lo habían hecho los autores del 68, pero ellos radicalizaron sin complejos la promiscuidad entre alta y baja cultura, biblioteca y discoteca. Además, autores como Ray Loriga demostraron en los noventa que de aquella mezcla podía salir buena literatura (y un ejército de epígonos). Una década después, el pop se convirtió en afterpop cuando Agustín Fernández Mallo publicó su trilogía Nocilla, demostrando que toda cultura -incluida la de masas- es susceptible de generar su propio culturalismo. J. Rodríguez Marcos

YO

Aunque España no gozaba de una gran tradición de libros de memorias, diarios o autobiografías en el último medio siglo no han faltado escritores que han cultivado este género. Una de las mejores autobiografías españolas es Automoribundia (1948), de Ramón Gómez de la Serna, mientras La arboleda perdida, de Rafael Alberti, recorre todo el siglo XX, relatado también a su modo por compañeros suyos de generación como Francisco Ayala, Rosa Chacel y Max Aub. Con el tiempo, los escritores se han ido uniendo a la corriente literaria de la autoficción (Jorge Semprún, Carlos Barral, Juan y Luis Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gamoneda y Antonio Martínez Sarrión). La reelaboración y potenciación de la primera persona tiene importantes registros en Carmen Martín Gaite, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y Juan José Millás. En cuanto a diarios contemporáneos destaca Andrés Trapiello con su proyecto Salón de pasos perdidos. Y a su lado la obra de José Jiménez Lozano, Miguel Sánchez Ostiz y José Luis García Martín. Una vuelta de tuerca es la mezcla de géneros narrativos y ensayísticos como en Visión desde el fondo del mar, de Rafael Argullol. W. Manrique Sabogal

ZAMBRANO, MARÍA

Fue antes que nada pensadora, porque venía de la tradición de los filósofos, pero tuvo siempre una pata metida en la poesía, así que su obra está llena de resonancias. Se sirvió de la imaginación y de la metáfora para proponer un conocimiento que, más allá de los sistemas, supiera atrapar las minúsculas y sutiles transformaciones de las cosas.J. A. Rojo

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