‘The pale king’ La última palabra de Foster Wallace

‘The pale king’, novela póstuma del autor estadounidense, recupera su brillante lenguaje – Su suicidio en 2008 acabó con la mejor voz literaria de la generación X.

El día había amanecido apacible en la localidad de Claremont, California. Karen, su mujer, ultimaba los preparativos de una inauguración que tendría lugar al día siguiente. Se habían conocido unos años antes, cuando la artista, impactada por uno de sus relatos, La persona deprimida, se puso en contacto con él para hablarle de su idea de llevar a cabo una serie de paneles inspirados en la historia. Se casaron en 2002. Siguió un periodo en el que el signo predominante fue de relativa estabilidad, aunque el fantasma de la grave depresión que padecía el autor desde finales de los años ochenta, jamás desaparecería del todo. Aquel otoño, Wallace impartía clases de escritura creativa en un college local, trabajo que le dejaba tiempo para ir dando forma a The pale king, su tercera novela, en la que había empezado a trabajar hacía más de 10 años. En una carta dirigida a su amigo, el escritor Jonathan Franzen, describió su vida en los siguientes términos: “escribo a regañadientes, sumido en sentimientos ambivalentes acerca de lo que hago, hundido en el dolor. Estoy cansado de mí mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la sintaxis, de mis hábitos verbales. Mi trabajo atraviesa por una fase de gran oscuridad, lo demás es luminoso y gratificante. De modo que puedo decir que soy relativamente feliz”.

En efecto, su mujer, sus amigos, sus padres y sus compañeros de oficio, sentían adoración por él. El propio Franzen dijo de él que era “el ser más dulce y más atormentado que había conocido jamás”. Aunque era lo que más le importaba en la vida, lo único tal vez, la escritura tenía a veces un efecto dañino sobre él, y el reto que le planteaba The pale king no era nada fácil. Lo peor que le puede ocurrir a un escritor de talento es publicar una obra maestra a una edad temprana, y eso es precisamente lo que ocurrió con La broma infinita, novela de 1.200 páginas que incluía un complejo aparato de más de 900 notas. Tenía 33 años cuando se publicó. Inmediatamente se convirtió en el manifiesto de toda una generación desafecta con el modo de vida americano.

Se tardó algo de tiempo en reconocer el valor de su aportación. David Foster Wallace irrumpió en el panorama literario norteamericano a los 22 años, con la publicación de una novela que llevaba el significativo título de La escoba del sistema. En un momento en que el modo imperante era el minimalismo característico del realismo sucio, Wallace plantea narraciones desaforadas, de un maximalismo torrencial, recurriendo al empleo de notas que amplifican la narración central, llevándola en direcciones insospechadas. Se desenvuelve con idéntica eficacia en los ámbitos de la novela, el relato corto (La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Extinción), escritos ensayísticos de la más diversa índole (Hablemos de langostas, Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer) o el periodismo, con reportajes que cubren un amplio espectro de temas, desde el cine de David Lynch, hasta el mundo del tenis, la televisión, la trigonometría o la filosofía analítica. Su idea de la literatura se sustenta sobre la premisa de que la experiencia estética exige de una parte un esfuerzo intelectual y de otra apostar por la pasión.

El 12 de septiembre, a la hora de ir a la inauguración, Foster Wallace expresó el deseo de quedarse en casa. Acompañó a su mujer hasta el coche y nada más verla desaparecer redactó una nota de dos páginas y se dirigió al patio de la casa, donde se ahorcó. Tenía 46 años. La noticia de su muerte causó una consternación y estupor entre sus seguidores cuyos ecos aún no se han apagado. Su influencia sobre las nuevas generaciones de escritores de las más diversas latitudes es incalculable. El consenso entre los conocedores de su obra es que no había dado la medida de su talento. Su suicidio elevó su figura de autor de culto a proporciones míticas. Sus obras entraron en un constante proceso de reedición que intentaba satisfacer la demanda de sus innumerables seguidores. El mundo académico se empezó a interesar por él. La Universidad de Arizona inauguró un archivo dedicado a la conservación y estudio de sus papeles. Se rescataron de entre el material que dejó recopilaciones que reunían textos de innegable interés, pero nada de ello es comparable a la expectación que ha despertado el anuncio de que el próximo 15 de abril, tras dos años de intenso trabajo de edición, la editorial Little Brown and Company publicará la novela en que estaba trabajando el autor en el momento de morir.

The pale king cuenta la historia de David Wallace, que llega a la ciudad de Peoria, en el Medio Oeste Americano, para integrarse en un equipo de inspectores de Hacienda. El autor dedicó años a estudiar intensamente el tema, cuya aridez no puede ser mayor. Al situar el aburrimiento y el hastío que presiden la existencia contemporánea en el centro de la novela, Foster Wallace asume un riesgo mortal, pero el autor sortea hábilmente el peligro. La lectura de los seis fragmentos que integran esta novela incompleta, pero no fallida, se plantea como una aventura de extraordinario interés. El logro mayor, como siempre, es la brillantez del lenguaje, que en esta ocasión se asoma a territorios nunca antes explorados por el autor. La obra es desigual y en muchos momentos decae, pero el lector nunca deja de tener la certeza de estar ante algo de gran valor. ¿Es The pale king una obra maestra en forma embrionaria? De lo que no cabe la menor duda es de que su publicación nos permite retomar el contacto con uno de los mayores talentos literarios de los últimos tiempos en estado puro. La publicación de The pale king era algo a todas luces necesario. En cuanto al texto resultante, quizá lo más justo sea decir que le ha tocado compartir el trágico destino de su autor: haber sido fulminado de raíz sin haber alcanzado la perfección. A lo mejor de lo que se trata es precisamente de eso.

Fuente: El Pais

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