La mujer de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes

Emilio Maganto reconstruye en un libro el perfil de la misteriosa Ana de Villafranca, amante del escritor y madre de su única hija.

Muy poco se sabe de ella. Y Miguel de Cervantes fue el primero en tratar de que apenas se la conociera, pues no mencionó su nombre en ninguno de sus escritos. Pero fue una de las mujeres de su vida; y la única que le dio descendencia. El urólogo y exprofesor de la Universidad de Alcalá, Emilio Maganto, ha dedicado un libro a rastrear todo lo que ha llegado hasta nuestros días de la misteriosa Ana de Villafranca, la  mujer de la que no quiso acordarse Cervantes.
Su nombre aparece en todas las biografías del Príncipe de los Ingenios. E incluso ha sido objeto de algunas biografías repletas de alardes novelescos para cubrir  el sinfín de lagunas que existen sobre su vida. Ana de Villafranca o Ana Franca, sin embargo, tuvo un vínculo estrecho con Cervantes y formó parte de su tormentoso círculo de mujeres. El doctor en Urología ya jubilado y exprofesor de la Universidad de Alcalá, Emilio Maganto Pavón (Madrid, 1943), se ha dedicado a compilar todos los datos que los cervantistas más prestigiosos han aportado sobre  esta enigmática mujer, y ha reunido, tras el rastreo laborioso de archivos históricos y parroquiales de Madrid, cerca de una veintena de documentos nuevos e inéditos de ella y sus familiares más directos; entre ellos, la que podría ser la partida de bautismo de Isabel, la hija que tuvo en común con el autor del Quijote.
Ana de Villafranca. Amante de Miguel de Cervantes (editorial Complutense, 177 páginas) es el título de libro que, en formato ebook de momento (está previsto el lanzamiento de una edición en papel), recoge el, no obstante, “oscuro perfil biográfico” de esta mujer. “No hace mucho que Canavaggio, uno de los más importantes biógrafos de Cervantes, comentaba que se había fantaseado mucho sobre los amores de Cervantes y Ana Franca y se seguía lucubrando demasiado por los autores sobre esta relación. Comentaba sobre ello que la curiosidad o el morbo de los biógrafos estaban hechos a la medida de la discreción de Cervantes sobre esa aventura. Yo opino lo mismo”, explica el profesor Maganto.
Así, según algunos, Ana Franca era una actriz cómica a la que Cervantes conoció en Madrid durante su época teatral; para otros era hija de un comerciante en lanas; incluso los hay que afirman que su relación con Cervantes fue tórrida y tumultuosa… Maganto no se queda con ninguna de estas versiones, aunque sí considera que el vínculo fugaz con esta mujer encaja a la medida en la azarosa vida del escritor: “La efímera relación amorosa no debió ser un episodio que calara hondamente en la mente o alma de Cervantes. Él siempre fue muy reservado en el capítulo de sus amores y muy escrupuloso a la hora de describir sus vivencias sobre este tema. Como en este lance, el final no fue ni mucho menos feliz, mantuvo sobre ello en sus obras uno de esos silencios que le caracterizan”.
Lo único cierto es que el escritor conoció a Ana en Madrid a comienzos de la década de los 80 del siglo XVI, recién liberado de su cautiverio en Argel y en busca de un trabajo estable que le sacara de la ruina en la que vivían él y su familia tras dejar  su carrera militar e iniciarse en el mundo de las letras. La relación fue clandestina, pues Ana estaba casada con el tabernero Alonso Rodríguez. Y fruto del romance nació una niña, Isabel.
Cervantes se desentendió enseguida de su amante y de su hija; justo cuando el horizonte parecía que se despejaba. Y es que en 1584 concluyó su primera obra importante, la novela pastoril La Galatea, que le procuró meses después algunos ingresos y una prometedora acogida en los círculos literarios; y acordó su matrimonio con Catalina de Salazar,  hija de una familia de Esquivias a la que casi doblaba en edad y que aportó una pequeña dote. El matrimonio, no obstante, fue un fracaso. Y también se desinfló pronto el interés por su obra literaria. Comenzó así el desventurado peregrinaje que le llevó primero por Andalucía como recaudador de impuestos; y años más tarde a Valladolid junto sus hermanas, cuyas  turbias andanzas también han hecho correr ríos de tinta.
Entre medias, en 1598, murió Ana, y el escritor decidió entonces asumir sus responsabilidades de padre, aunque de una manera no muy ortodoxa. “Cervantes reclamó la tutela de su hija, pero por intermedio de su hermana Magdalena, que la puso a su servicio. Él no podía reclamarla para sí estando casado con Catalina de Salazar. Hubiera tenido demasiados problemas con su esposa de los que ya había”, detalla Maganto, que entiende, por otra parte, que el encuentro de Isabel, una adolescente, con su padre, no debió ser muy feliz: “Como estuvo con su madre y su padre adoptivo,casi 14 años sin conocer quien era su verdadero padre, es seguro que cuando repentinamente tuvo que cambiar de familia al morir su madre, no comprendió como su verdadero padre no la había reclamado antes. El mal ambiente que la rodeaba en la taberna, el rudo carácter de Alonso Rodríguez y las veleidades de su madre hicieron el resto en su deficiente formación. El cambio tardío debió ser un gran trauma psicológico para ella”.
De algún modo, el resentimiento y la desconfianza de Isabel hacia su padre y todo el “clan Cervantes” no hizo más que aumentar a lo largo de su vida en común, que también es un misterio, pese a las  investigaciones que se han hecho al respecto. El hispanista americano Krzysztof Sliwa ha escrito varios artículos sobre Isabel. Y en Alcalá, Arsenio Lope Huerta ahondó en el ‘culebrón’ familiar con el libro Los Cervantes de Alcalá. Pero se echa en falta “una buena recopilación biográfica”, a juicio de Maganto, para contrarrestar en lo que se pueda los silencios y olvidos de Miguel de Cervantes.

Fuente: Diario de Alcala (Pedro P. Hinojos)

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