Locos por los libros

Tengo libros por todas partes”, nos advierte al abrirnos la puerta de su casa Enrique Múgica, ex ministro, ex defensor del pueblo, ávido lector y dueño de una biblioteca de 16.000 volúmenes. Es cierto: están por doquier. Tapizan todas las paredes. Se apilan bajo las mesas. Se acomodan en las esquinas. Se alinean en filas superpuestas. Consumen los centímetros con habilidad de contorsionista.

Todo el flanco de la escalera es un estampado de libros. Todas las habitaciones los contienen, en pilas que ascienden desde el suelo, en librerías y estanterías que aprovechan todos los huecos. Enrique Múgica va sacando ejemplares de sus madrigueras, nos los muestra, recuerda cómo los adquirió, los hojea y los vuelve a depositar en su sitio. Detrás del sofá del salón reposan varios de sus más preciados tesoros, como una segunda edición, de 1782, de las obras completas de Rousseau. En el comedor está el rincón de Napoleón y la Revolución francesa. También Proust goza de altar propio: “Tengo toda su obra y bastantes libros sobre él”, comenta Múgica, feliz -como todos los bibliófilos- de mostrar sus diamantes encuadernados. Lo es, sin duda, una primera edición de En busca del tiempo perdido, de su admirado Proust, una rareza de la que sólo se tiraron mil ejemplares en 1923.

El ascenso por la escalera que conduce a la planta superior de su domicilio nos lleva cerca de 20 minutos. A cada rato se detiene porque hay cierto título del que quiere hablarnos. Tiene maravillas de Historia, Filosofía, de “género memorialístico, sobre todo de los que han ejercido con altura el poder de la palabra”, explica, de los que destaca a Manuel Azaña y al general De Gaulle. Se apresura a aclarar que él no es coleccionista; él es un lector que compra libros para leerlos: “Unos compran sellos, otros compran cromos, yo compro libros y los leo”, aclara.

Naturalmente, no los ha leído todos. Ningún enamorado de los libros, o dueño de una densa biblioteca lo ha hecho. Eso lo saben bien los bibliófilos: hay libros para leer, otros son para ser consultados, algunos tienen la importante misión de dejarse hojear de vez en cuando y también los hay que proporcionan la enorme satisfacción de saber que se poseen.

Pero entre los pacientes de esta enfermedad crónica incurable que es la pasión por los libros hay infinitas categorías. Jacques Bonnet los clasifica en su libro Bibliotecas llenas de fantasmas (Anagrama) en dos categorías: coleccionistas y lectores empedernidos; y a los coleccionistas a su vez los divide en especialistas y amontonadores. Luis Alberto de Cuenca, poeta, reciente académico de la Historia y ex secretario de Estado de Cultura, es, sin duda, coleccionista. Y es a la vez especialista y amontonador. Además de unos 40.000 libros, Luis Alberto tiene varios cientos de álbumes de cromos. Y tebeos. Y cómics. Además, es un loco de las figuritas, las postales, los pósters… “Tengo fascinación por el papel”, explica. Pero es algo que en su caso ha saltado de las páginas, porque también tiene predilección por los objetos que tengan relación con los temas de su interés, que, cómo no, también son infinitos: le entusiasman los superhéroes, La Guerra de las Galaxias, Mickey Mouse, Indiana Jones, el Capitán Trueno, Sherlock Holmes, Spiderman, los piratas, Tintín, el elefante Babar, el Gordo y el Flaco, la literatura fantástica, la de terror, la poesía, la Generación del 27. Y la literatura popular: “A veces es más difícil terminar una colección de literatura popular que hacerse con una codiciada primera edición. Este tipo de coleccionismo es heroico”, comenta.

La fiebre libresca de Luis Alberto se ha extendido como una plaga de langosta y ha invadido por completo su piso madrileño. La invasión es real y superlativa. Hay libros incluso dentro de los armarios de la cocina. Han expulsado a las cacerolas y los cubiertos, se han adueñado de absolutamente todo, también del cuarto de baño. “Le he puesto una casa a los libros”, explica Luis Alberto. Este piso era su residencia antes de casarse, así que al marcharse dio libertad a la riada de ejemplares y los libros de distribuyeron como agua hasta ocuparlo todo, eso sí, en un orden multitudinario.

Es difícil que tanta abundancia transmita armonía, pero Luis Alberto es ordenado y meticuloso, así que las pilas son rectas como rascacielos neoyorquinos y sus libros, todos, están en perfecto estado: no soporta que los hayan maltratado, jamás los subraya, ni siquiera escribe su nombre en ellos. Impecable está una de sus joyas predilectas, una primera edición de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca: “Es bilingüe y por un mes, anterior a la edición de Séneca, en México”, dice ufano, con sonrisa digna de campeón olímpico.

Juan Manuel Bonet, crítico de arte, ex director del Museo Reina Sofía, comisario de exposiciones, y escritor, también les ha puesto una casa a sus libros y cuadros, una casa fuera de Madrid, adonde se ha llevado la mayor parte de su impresionante botín. En el piso de Madrid, sin embargo, queda todavía una impactante aglomeración de libros de los que Bonet habla con el entusiasmo de un niño el día de Reyes. “En el campo tengo el arte antiguo, aquí lo que más uso, el arte contemporáneo, el libro de pequeño formato, la literatura española de posguerra, la poesía…”, cuenta. Las estanterías han estrechado el pasillo de modo que lo han convertido en una vía de sentido único. Su despacho es una gruta en las que las estalagmitas son columnas de libros que rodean el escritorio de Bonet, de tal modo que el puesto parece una hornacina.

Juan Manuel Bonet atesora libros de todos los temas, asuntos géneros y épocas, pero también tiene sus especialidades: en su caso el arte y la literatura de los años cincuenta del siglo XX, las vanguardias, y entre ellas capítulos propios para el surrealismo y el ultraísmo. Y también los prosistas del 27. Luego están Rafael Cansinos-Assens y Rafael Lasso de la Vega de los que colecciona todo… “Pero los libros crecen en muchas direcciones”, explica.

Como una planta trepadora , su biblioteca se ramifica y abarca “mucha poesía francesa, belga y latinoamericana, literatura polaca (su mujer, Mónica, es de Polonia), libros de arte, muchos de las vanguardias del siglo XX, revistas, y últimamente partituras: “Eso es fetichismo” -reconoce- “porque no sé leerlas”.

De sus tesoros destaca la revista Perfiles, de 1929 con la cubierta al pochoir de Sonia Delaunay; Seis poemas gallegos, una rareza de Federico García Lorca, de 1935; un ejemplar de Fervor de Buenos Aires, editado por el propio Borges con un grabado de su hermana Norah en la portada y firmado por su padre, Antonio Bonet Correa, ex director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Son tantos los libros preferidos… El coleccionismo es una neurosis. Sus víctimas lo reconocen. Puede llegar a extremos de manicomio o convertirse en una extravagancia digna de otro libro, el Guinness de los Récords. El modisto alemán Karl Lagerfeld, por ejemplo, ha repartido entre cinco casas los 300.000 ejemplares de su biblioteca. El doble de libros llegó a reunir en el siglo XVIII Antoine-Marie-Henri Boulard, notario y alcalde napoleónico cuyos rescates de libros de las purgas revolucionarias lo llevaron a llenar 10 edificios para alojar sus 600.000 volúmenes. Y entre los coleccionistas especializados de los que habla Jacques Bonnet, un lugar destacado merece el médico inglés del siglo XVIII James Douglas, que consiguió reunir 450 ediciones de la obra de Horacio.

Una biblioteca de ensueño es la librería de Luis Bardón, en el centro de Madrid. Los lomos de cuero forman hileras del suelo al techo: recuerdan a la biblioteca del Capitán Nemo, desprenden erudición. Luis es una institución entre los bibliófilos. Lleva en la tienda desde el año 50 ( la fundó su padre en 1947) y no puede evitar la añoranza: “El bibliófilo antes disponía de más tiempo. Aquí se celebraban tertulias. Venía Dámaso Alonso, catedráticos, ministros, diplomáticos como Areilza, el conde de Motrico… Uno aprendía tanto escuchando… Porque esto no era un gran negocio, pero era otro mundo”, recuerda Bardón.

Primeras ediciones de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, libros antiguos de Historia, Quijotes, ediciones selectas, incunables (libros impresos antes del 1 de enero de 1501) … En las mágicas paredes de la tienda de Bardón hay entre 50 y 60.000 libros y folletos catalogados. Y él, confiesa, siempre reprimiéndose: “Si fuera millonario, no vendería nada”. Por supuesto, tiene su colección privada. No llega a los mil ejemplares, pero, eso sí, son de lo más selecto: a Bardón le pierde Cervantes. Sobre todo le atraen las ediciones raras del Quijote: su máximo tesoro es una de 1619. También le enloquecen los ejemplares curiosos. “Me interesa el libro raro, que no vulgar, lo que no aparece en el mercado normal”, dice. Y se contiene mucho: “Ya no distraigo cosas del negocio”, confiesa. La crisis aprieta: “Bibliófilos de pata negra quedan pocos. Y los clientes jóvenes prefieren un Lamborghini”, dice Bardón.

Los bibliófilos selectos suelen tener una economía desahogada, pero este veterano librero asegura que en su tienda se pueden comprar ejemplares por 50 euros. Hablamos de precios. Para orientarnos un poco nos cuenta que una primera edición de García Lorca puede costar mil euros, una del Quijote no tiene precio. Le apretamos un poco y entonces se atreve a aventurar una cifra: por encima del millón de euros. “El precio lo pone el mercado”, apostilla.

Explica Luis Bardón que en la pasión por los libros también hay modas y tendencias: en 2005 los que más pitaban eran los quijotes, luego se buscaron mucho las primeras ediciones de autores de la Generación del 27. Ahora, dice, no hay modas. Por su tienda han pasado los seis tomos de la Biblia Complutense del Cardenal Cisneros, y los tratados de los cronistas de Indias. Él tiene algunos, maravillosos, de puño y letra de fray Bartolomé de las Casas: “No los vendo”, afirma.

Para que un libro se convierta en joya intervienen muchos factores: cuentan la belleza tipográfica, la calidad de la tinta, del papel, la maestría del encuadernador. Y también suma puntos quién lo poseyó, si está dedicado… Para Carmen Posadas son especiales los que eran de su padre, un bibliófilo exquisito a quien acompañó de niña a las librerías de viejo de París y Londres.

Las obras completas de Balzac en una colección preciosa de 1884, las primeras ediciones de Kim de la India, de Rudyard Kipling; de El señor de las moscas, de William Golding, de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald , de Finnegans Wake, de Joyce , y la reina de la casa, una primera edición de Madame Bovary, de Flaubert, ocupan un lugar de honor en su salón de techos altos y muebles con solera.

Esa es la biblioteca de gala. Tiene otras en su casa. La de su marido, Mariano Rubio, ocupa el comedor y contiene capítulos especializados en economía y política. La suya, es “la más desordenada, sin duda, es el bochinche”, dice ella. Pero no es verdad: está ordenada, aunque es menos uniforme en los temas y se nota que a Carmen le gusta trabajar los libros : “Los subrayo, los anoto, por eso hay algunos que los tengo repetidos”, cuenta. Es así, por ejemplo, con los de Dickens, que están de lujo en el salón y en las baldas de Carmen en la versión de trote.

En su casa el orden ha vencido la batalla a los libros. “Es porque hace cuatro años rompí dos tabúes en mi vida: no desprenderme de libros y terminarlos de principio a fin”, cuenta. Desde entonces los abandona si no le convencen y regala cajas de libros a las cárceles. De todos nuestros bibliomaniacos, Carmen Posadas es la menos enfebrecida: “No soy fetichista, muchos de mis tesoros me los han regalado. Y no sé cuántos libros tengo, nunca se me ha pasado por la cabeza la idea de contarlos. Eso creo que les gusta más a los hombres”, dicen riéndose.

Reconoce, sin embargo, que hay uno que le encantaría tener y que a lo mejor comete un día un exceso y lo compra. Se trata de una primera edición de Alicia en el país de las maravillas: “Hace muchos años, en una tienda de Londres, tuve en mis manos un ejemplar con las ilustraciones originales, pero no tenía dinero para comprarlo”, cuenta.

Ahora lo compraría. Esta enfermedad no se cura.

Fátima Uríbarri. Fotos de Carmen G. Benavides

Fuente: Intereconomia

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