Se publica un libro que trata sobre braguetas

Colette Gouvion publica un estudio sobre estética y utilidad de tan delicada parte de la básica indumentaria masculina.

Un libro revisó ya la historia de la lencería; otro, la del escote, que resalta o esconde los senos; un tercero, la del pantalón y su simbología”. A Colette Gouvion –autora de Braguettes, una historia de la ropa y de las costumbres (Rouergue)– le sorprende la polémica que provoca su erudito estudio, para el que la historiadora del arte Khadiga Aglan reunió 160 fotos y grabados. Pero “las apariencias, la religión, las costumbres, el pudor, la relación entre los géneros, siempre influyeron –reconoce– en la manera de insinuar u ocultar el miembro viril”. Sobre todo, “cuando los varones renunciaron a las túnicas, para poder luchar con mayor libertad de movimientos”.

Problema: la nueva camisa sólo llegaba a la cintura; transformaba el bajo vientre en zona vulnerable. La intendencia militar creó entonces una protección específica y protuberante, bautizada bragueta, del latín braca, bolsillo. Una estructura rígida que subsiste hoy para garantizar el confort –bailarines– o la protección –boxeadores, toreros–, de varones en acción.

La bragueta derivada pasará, como tantos hallazgos bélicos, a la ropa del hombre común y corriente. En 1467, indignado, Mathieu de Coucy critica “esos hombres vestidos tan corto y ajustado que uno distingue la formade su trasero y del aparato genital”. Pero si el Parmigianino (1534) del Museo del Prado ilustra la cubierta de Braguettes –contrapunto: el mítico Chet Baker sube su cremallera–, el mejor ejemplo de la bragueta de guerra se puede ver actualmente en París. Se trata de El martirio de santa Catalina, de Lucas Cranach el Viejo, uno de los pocos óleos de su mano y no del taller de aquel prolífico y emprendedor pintor del Renacimiento alemán, colgado en la exposición Cranach, del Museo del Luxembourg. En primer plano, un guerrero exhibe sus poderes.

Precisamente, el Renacimiento y la libertad sexual del siglo XVI convirtieron a la que se podría llamar “bragueta civil” en ostentoso reclamo. En aquella época en la que “una Margarita de Navarra se atreve a publicar un Heptamerón que no esconde su parentesco con el Decamerón de Boccaccio”, no es extraño ver “braguetas que representan un sexo en erección”. Y Tiziano, en su retrato de Carlos V, destaca la bragueta y, así, la virilidad del emperador.

Como austero rima con Lutero, Reforma y Contrarreforma devuelven las aguas –valga la expresión– a su cauce.

Pero la moda muere por la moda y “aquel bolsillo sexual que albergaba incluso frutos o monedas, para ofrecerlos, tibios, a las damas,” es desplazado por el pantalón corto y abullonado, que disimula el miembro y oculta vastos bolsillos en sus pliegues laterales.

El estilo bragueta jactanciosa será brevemente recuperado, a finales del XVIII, por la culotte à pont, un lienzo que nace en la entrepierna y se sujeta en la cintura. El siglo XIX impone el pantalón democrático, promocionado por el inglés George Brummell, aficionado a la moda y retrato vivo del dandy.

El resto es historia contemporánea: calzones, calzoncillos, slip y, en la segunda mitad del siglo XX un mini slip.

Fuente: La Vanguardia

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