Un poeta surafricano salvó en 1936 de la destrucción los manuscritos de San Juan de la Cruz

Roy Campbell conservó en un arcón los valiosos originales mientras sus dueños, quince carmelitas, eran asesinados en Toledo.

La «desmemoria histórica» sobre la Guerra Civil se ha cebado en particular con todos aquellos personajes a quienes el establishment cultural de izquierdas ha querido marginar durante décadas.

Uno de ellos, y no el menos importante, es Roy Campbell (1901-1957), surafricano aunque inglés de adopción y uno de los más grandes poetas anglosajones del siglo XX. Fue toda una figura de las Letras británicas, mantuvo una tormentosa relación con el grupo de Bloomsbury (cuya racionalización de sus miserias sexuales bajo capa de freudismo criticaba sin piedad) y se convirtió al catolicismo en España.

Vivió hasta los 18 años en su país natal, estudió en Oxford, se casó en 1922 y tuvo dos niñas. Precisamente la percepción de que en el grupo de Bloomsbury (tertulia filosófico-literaria cuyo miembro más célebre fue Virgina Woolf) el antipatriotismo iba vinculado al anticristianismo, le hizo acercarse a la fe.

Su poesía le iba situando cada vez más en la órbita de T.S. Eliot y Evelyn Waugh. En 1933 decidió establecerse en España y lo hizo en Toledo. Los años en nuestro país y el conocimiento del catolicismo hispano le llevaron a la fe católica, que abrazó formalmente en Altea (Alicante) en 1935, cuando ya se caldeaba el ambiente previo a la Guerra Civil.

Cuando el 18 de julio de 1936 tuvo lugar el Alzamiento Nacional, Campbell estaba el Toledo y vivía junto a un convento carmelita con cuyos religiosos mantenía una excelente relación. Tanto, que temiendo lo que iba a pasar y pasó, los frailes le confiaron los manuscritos originales de las obras de San Juan de la Cruz en un arcón de madera.

Campbell tuvo el acierto de esconderlo en su casa. Cuando el Frente Popular se hizo con el control de la situación en la Ciudad Imperial, implantó el terror, y lo centró particularmente en la Iglesia. Los quince carmelitas amigos de Campbell fueron sacados del convento y fusilados en la plaza uno a uno. Los milicianos, que sabían de su amistad con el poeta, registraron también su casa, pero milagrosamente no encontraron el arcón, a pesar de que destrozaron otras de sus pertenencias.

Cambpell logró huir de España con los suyos en un barco inglés y, de nuevo en el Reino Unido, censuró la actitud de su gobierno, favorable a un Frente Popular al que había visto en acción. Inmortalizó con un poema, «The Carmelites of Toledo», la tragedia de la que había sido testigo presencial. Volvió a España y apoyó al bando nacional, lo que selló su destino en una época en la que ser «antifascista» era condición para ser recibido en el Parnaso de los intelectuales, y en la que era el aparato de propaganda cominista el que repartía a discreción las etiquetas de «fascista» o «antifascista». De nada le sirvió a Campbell combatir a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial: el mundo de la cultura marginó cuanto pudo su nombre, a pesar de que algunos críticos consideran dos o tres de sus poemas como las mejores composiciones de la literatura inglesa en el siglo XX.

Cuando Campbell regresó a Toledo, en su casa aún estaba el arcón con los textos de San Juan de la Cruz. Ya no vivía ninguno de los que se los habían confiado, y él los devolvió a la orden carmelitana, que es, por eso, quien mejor memoria ha guardado en España de quien se jugó la vida por esos papeles, tesoro de la cultura española. Las traducciones más apreciadas hoy en el Reino Unido de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús son precisamente las de Campbell.

El escritor anglo-surafricano se paseaba por Londres con capa española, sombrero cordobés, y dispuesto a llegar a los puños con quien hablase mal de la patria en la que había abrazado la fe católica.

Hoy, en España, apenas es conocido, señal de que la gratitud de los cristianos no ha podido vencer siempre la coraza de la conspiración del silencio impuesta interesadamente por el pensamiento anticristiano.

Fuente: Religión en libertad

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